El dia que perdi la confianza en mi mismo

El dia que perdi la confianza en mi mismo

Cuando me trasladé a Islandia, perdí la confianza en mí mismo. Mi edad, la oscuridad, el clima, la comida y el idioma fueron los detonantes. A veces me encontraba en la calle rodeado de gente parloteando en una lengua ininteligible y despertaba como de un sueño y me decía: «Qué diablos hago aquí». A lo otro te acabas acostumbrando. Pero juro que en España era una persona normal; aunque, tal vez, vi el asesinato de Kennedy demasiadas veces. En cambio, en Islandia, me fui aislando y mis relaciones sociales se redujeron al núcleo familiar. Me sentía ridículo sonriendo porque, en realidad, no me enteraba de lo que decían. Mientras tanto, hablaba solo y me fijaba en cómo caía la nieve por la ventana, el viento partía los árboles en dos y el agua que bajaba del tejado se congelaba. Podía haber escrito una novela o planeado un crimen perfecto.

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El dia que perdi la confianza en mi mismo

Encontré empleo en una cadena de montaje, nada que ver con el trabajo bien remunerado que tenía en España; sin embargo, este era el peaje que tenía que pagar por el cambio. Había caído en la trampa de mi esposa: «Yo he vivido muchos años en España. ¿Es que no te atreves a probar en mi país? Te sentará bien, ya verás. Abrirás tu mente».

Mis hijos adoptaron el apellido islandés de su madre porque decían que así se sentían más integrados en la escuela. Todo empezó con eso. A mi mujer no le parecía bien nada de lo que hacía o decía. Ni tan siquiera mi ropa o mi peinado. Claro, a partir de los cuarenta comienzas a quedarte descapotado, te salen pelos en las orejas, pierdes visión, audición, etc.

Me fui hundiendo poco a poco y en silencio. Yo no decía nada. Pensaba que en cualquier momento cambiarían las cosas. En la televisión no paraban de repetir que los inmigrantes tenían que aprender islandés. En consecuencia, me apunté a un curso. De todos los alumnos, yo me sentía el más estúpido. La mayoría eran más jóvenes y parecían entender los ejercicios a la primera. En la fábrica me pasaba lo mismo. Los chavales me pasaban por encima.

Ir a trabajar o estudiar islandés me daba una pereza terrible. El olor a pescado me mataba y la gramática islandesa me asesinaba. Se lo dije a un anciano que había vivido muchos años en España y lo veía, de tanto en tanto, en la cafetería y me contestó: «Aunque no lo creas, cuando trabajas en todo eso que no te interesa, en realidad estás trabajando por lo que más quieres porque todo está conectado. Así que olvídate de dar un palo al banco». «Sí, es verdad. Una vez, en un supermercado de Barcelona, me reí de un árabe porque utilizaba a su hijo, de seis años, de intérprete con la cajera y después me ha pasado a mí», le confesé apurando la taza de café. Dios, bebía tanto café que me temblaba la mano.

Oía muchos rumores: gente en la misma situación que la mía; no lo había podido soportar y  había regresado a España; pero este no era mi caso. ¡Para nada! Sufría, pero apretaba los dientes: «Ya llegará mi momento», me decía. En definitiva, todos los caminos conducían a aprender islandés. Si lo lograba, conseguiría un empleo mejor, entendería lo que decía mi familia política y amigos y, por fin, me integraría.

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Sin embargo, por mucho que me esforzaba: apuntaba frases en las paredes del techo para verlas antes de ir a dormir, escuchaba programas de radio que solamente hablaban del tiempo y las ovejas, leía el diario intentando prestar atención a los textos en lugar de a las fotos, etc. no entendía nada. Cuando me hablaban, las palabras salían al instante de mi cerebro como agua de un escurridor; no retenía nada. «Este yerno que me ha tocado es tonto», creo que dijo una vez mi suegro negando con la cabeza. Me dejaban ya por imposible. Entonces sucedió.

Estaba en unos grandes almacenes, sonaba la canción Imagine de John Lennon por los altavoces y vi al presidente del gobierno con su mujer, comprando una bajera. Aquí en Islandia los políticos no llevan guardaespaldas. Yo iba a darle un navajazo. Para que me metieran en la cárcel, hacerme famoso y todo eso. Si bien, cuando estaba a pocos metros, otro tipo se me adelantó. Saltó sobre su espalda y se le aferró al cuello para estrangularlo. El presidente era un tipo alto y fornido, pero ya con el pelo blanco y se puso colorado ante la estupefacción de su esposa y la gente que estaba en la tienda. Nadie se movía. Había llegado mi momento. Llevaba el cuchillo en el bolsillo. Lo saqué y se lo clavé en la nalga al asaltante. Dio un respingo y gritó. Soltó al presidente y se me quedó mirando como diciendo: «Me has jodido el día». Así pues, le di un puñetazo, cayó al suelo y todo el mundo hizo un círculo alrededor nuestro; pero él se quedó tendido de espaldas con la faca como una jeringuilla y una mancha de sangre. Ya no se movió. «Un inmigrante salva la vida del presidente», esto es lo que dijeron todos los diarios en primera página y mi foto en medio.

Así fue como recuperé la confianza en mí mismo. El presidente me preguntó a qué me dedicaba en España. Yo le dije que era economista. Me fichó para su gabinete. El idioma no era ningún impedimento porque todos hablaban inglés. Mis hijos se volvieron a poner mi apellido, mi mujer me escuchaba y me veía más guapo. Entonces, alguien empezó a hablarme en islandés y, de repente, lo entendía todo.

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